Cuando los sucesos son asumidos por la persona sujeto que los configura mentalmente como fenómeno específico, se produce la figura ideal de la vivencia. Esta, en principio, no existe en bruto. No tiene inicio ni cese, como ocurre en cambio con el hecho. No es la vivencia un hecho objetivo, ni un mero acontecimiento o evento, ni mucho menos aún, ningún tipo de extraña aventura. Podríamos afirmar que equivale a un acaecer, ya que uno mismo la acaece para sí, diciéndose "acaezco la vivencia", o, "me la apropio", al tiempo que ella "se acaece", según su propia esencia, sin que sea algo que pasa ante uno mismo o que se situe ante sí, cual si fuera un objeto.
Se logra el acaecer de la vivencia al apropiarse de ella en sintonía con su "dejarse acaecer" propio e íntimo de tan misteriosa y profunda esencia por la que se caracteriza.
La vivencia, en el sentido dicho, de "asunción de sucesos" no deriva de la experiencia, ni es descrita por la naturaleza como fenómeno empírico suyo.
La "asunción de sucesos" que configura a la vivencia se origina sin intervención -en el proceso de su producción- de pasadas o históricas experiencias, impidiendo asi tener que entenderla como propiamente "subjetiva", aunque sí pueda afirmarse la cualidad de ser propiamente "personal". Por ello, episodios constitutivos de un mismo evento, acaecidos en diferentes momentos, diferirán entre sí en algo significativo. Ocurre así al tener que ser expresada la vivencia a través del lenguaje- medio oral de la palabra -o del escrito de la proposición, en una combinación posible de la apropiación ocurrida, respecto de los elementos de la realidad acaecida y de la propia fuerza ejercida al dejarse acaecer por si misma.
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