Uno puede poner entre paréntesis su yo, su identificación previa con él, tomando la distancia precisa para observarlo con perspectiva. Al hacerlo así, uno puede llegar a creer que ve su mente, aunque realmente sabe que es algo más que ella, pues cuanto pueda observar puede estar en mi, aunque no sea yo propiamente dicho. Soy más que el yo-mental.
Mi yo es inasible. El depende de la memoria, dando lugar así a hablar de múltiples tipos de "yoes", diferentes entre sí, aunque en su conjunto identifiquen la denominada personalidad, como identidad psicológica.
Hay un yo vigílico y otro yo onírico.
Cuando llego a aquietar la mente no existe ningún yo, sino tan sólo un presente separado de la experiencia vivida. Ello sucede por el fenómeno debido a que el yo siempre actúa fracturando la percepción de la realidad, haciéndolo en dos bloques: el del sujeto y el del objeto. El perceptor y lo percibido.
El yo que exige fracturar la realidad no es otro sino la mente que se apropia de la experiencia y, gracias a la memoria, se adueña del recuerdo.
Puede pues afirmarse que el yo equivale a la mente reflexiva.
De ahí que basta silenciar la mente para que el yo deje de existir. Resulta que el yo ni siquiera dispone de entidad propia.
Este descubrimiento de la naturaleza de nuestro yo es de gran interés, pues merced a él podemos alcanzar el hallazgo de nuestra auténtica identidad.
Desprendidos de uno mismo (del "yo-viejo"), del narcisismo que éste implica, podremos entregarnos al Misterio y descubrir todo lo que constantemente se esté manifestando en él.
Nuestro nuevo yo será en adelante la Presencia del Presente y el Vacío que perciba en su verdadera y nueva identidad.
Se tratará de una identidad impensable porque ya no es de naturaleza mental. Seremos ese Mismo Vacío que se nos muestre en el Silencio de la mente.
La dimensión profunda y absoluta de nuestra existencia, es decir, la espiritualidad, hace referencia a la amplitud y la apertura, sin dejarse encorsetar en fórmulas mentales, como puedan ser las meras creencias religiosas, rígidas o dogmáticas, representativas del modo absoluto de autoafirmación del "viejo-yo".
Así, por ejemplo, a Dios no cabe entenderlo como a un "objeto mental", ni al otro ser humano como a un "tu" con el que me encuentro enfrentado en la vida.
Nuestra espiritualidad será así un camino de liberación, al haber nacido como fruto del silencio y conducirnos por ella al Silencio, distanciados del pensamiento relativo e introducidos en la percepción de la realidad, del asombro, la contemplación, la gratuidad, el desapego, la gratitud y el amor universal.
Será entonces un nuevo modo de ver, caracterizado por la certeza que acompaña a la experiencia inmediata de Lo Que Es, equivalente a un Todo Es.
Ante dicha certeza, todo se detiene, se aquieta el pensamiento, desaparece el yo separado y surge el Testigo lúcido y desinteresado, emergiendo la No dualidad antigua en la que nos movíamos y existiamos, la de un continuo actuar como sujetos frente a los objetos. En esta nueva situación experimentaremos un Solo Sabor
El viejo modelo cartesiano de cognición: sujeto/objeto-mental, generador de dualismos, separaciones, crispaciones y enfrentamientos, al percibirse como separados, exige la autoafirmación ante los demás y se expone a tentaciones de descalificaciones continuas. El modelo dualista es dicotómico y hace girar todo alrededor de si mismo al ser esencialmente egocéntrico.
Frente al modelo citado la nueva identidad expuesta proporciona otro modelo que potencia la integración, unificación y plenitud: Se trata del modelo transpersonal.
En el nuevo modelo propuesto el otro, los demás, no difieren del yo que soy.
Importa mucho proponerse continuamente el llegar a verlo como nuevo modelo de actuar. Experimentar un nuevo modo de percepción, aquietando la mente y viniendo al presente, abandonando los extravios que puedan dar lugar a "estar en otra parte", como ausentes del presente en el que realmente vivimos cotidianmente. Se hace preciso acceder a la belleza luminosa y plena de Lo Que Es, llegando a mostrar "hambre de Dios", y vivir en el presente como quien vive la presencia de Dios. De tal modo que se cumpla el dicho de que: En Lo Que Es nada queda fuera. Todo ello es la Realidad, no diferenciada, inefable y plena.
Así el nuevo yo trascendido llegará a percibir el conocimiento ajustado de la realidad. Tal es, en mi opinión, la definición de la Conciencia: "Aquel yo trascendido que se percata del conocimiento ajustado de la realidad".
El yo de la razón y de la mente funcional existe y requiere nuestra atención, pero siempre conscientes de que no constituye nuestra identidad definitiva ni verdadera. Ese yo es tan solo algo transitorio propio del proceso evolutivo de la conciencia. Si nos proponemos una nueva identidad, entrando en el camino de la espiritualidad (no de la religiosidad) ésta nos exige entrar en el proceso de la ab-negación del viejo yo, superándolo, trascendiéndolo y encaminándolo hacia el nuevo nivel de conciencia. Coincide esta propuesta con la frase evangélica descrita en Mt. 16,25: "Quien quiera ganar su vida la perderá, pero quien la pierda por mi, la ganará", dicha por Jesús. (en la que la palabra vida se expone en griego, con su significado de "psyché" o "yo psíquico") queriendo decirnos que la negación del yo es condición para vivir en plenitud.
Lo determinante es asumir que el yo al que estamos acostumbrados no es un auténtico sujeto de espiritualidad, aunque pueda aparentar ser un sujeto de meras creencias religiosas. En cambio el proceso de espiritualidad aquí propuesto nos libera del yo (concebido como un nefasto engaño al tomarlo como real y definitivo). El viejo-yo se transformará en
auténtica Conciencia, equivalente a Presencia, Testigo lúcido y desinteresado.
¿Cuál es el modo de hacer transcender al yo? Se logra en el silenciamiento, entendido no solo como un silencio mortificado ni de autodominio, sino en el que permita distanciarse de lo aparente para que quede revelada la realidad. Será un silencio que acalle la mente para que se manifieste todo el esplendor de la conciencia.
Consiste este silencio en atender preferentemente a lo que esté aconteciendo en cada momento de la vida.El proceso es: un Presente, Atención, Vacío, No-Pensamiento, Nada, Plenitud.
Es en el espacio de la libertad del presente donde desaparece el yo habitual y surge el Testigo ecuánime. Es un testigo sin historias, sin apropiación de contenidos mentales que haya almacenado la memoria. El Testigo al que nos referimos es el Testigo puro presente.
Existen diversos modos de práctica contemplativa, como puertas de entrada en la práctica del silencio, que denominaremos modos de venir al presente.Queda su exposición para una segunda parte a relatar.en próximo escrito.
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